El presidente disfrazado que pisó el piso más brillante y encontró la suciedad que todos ocultaban

Chapter 1: El anciano que manchó el piso perfecto

—¡Lárgate, viejo mugroso! Aquí no regalamos nada.

La voz de Rodrigo Salazar cortó el ruido del supermercado como una charola cayendo al piso. Las cajas dejaron de sonar por un segundo. Una niña soltó la mano de su madre. Un cliente que llevaba una bolsa de pan se quedó inmóvil entre dos estantes, mirando al anciano de chaqueta vieja que apenas había cruzado la entrada.

Adrián Hernández no levantó la cabeza de inmediato.

Llevaba una gorra gastada, unos zapatos viejos con las puntas raspadas y una bolsa de plástico arrugada en la mano derecha. La bolsa colgaba pesada, llena de papeles doblados, una factura amarillenta y una carpeta maltratada que parecía haber pasado por muchas manos antes de llegar allí. Su espalda estaba ligeramente encorvada. Caminaba despacio, no por debilidad real, sino por decisión.

El piso del supermercado brillaba tanto que reflejaba las luces blancas del techo. En la entrada había un letrero grande con letras azules: “Sucursal modelo del mes”. Al lado, una empleada pasaba un trapeador casi seco sobre una zona que ya estaba limpia.

Rodrigo se colocó frente a Adrián con el pecho inflado, corbata ajustada, gafete dorado y una sonrisa sin alegría. Miró los zapatos del anciano antes de mirarlo a los ojos.

—¿No oyó? —dijo—. Si no va a comprar, deje de estorbar.

Adrián apretó la bolsa.

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