La madre que vendía tamales para medicina hasta que le rompieron el permiso frente a todos

Chapter 1: Las monedas contadas antes de abrir el carrito

A Silvia Navarro le faltaban treinta y ocho pesos.

Los contó dos veces sobre la tapa tibia de la vaporera, usando la luz azulada del letrero del centro comercial porque todavía no amanecía completo. Una moneda de diez tenía masa seca pegada en el borde. Otra de cinco olía a salsa verde. Las separó con la uña, las acomodó en montoncitos y volvió a sumar, aunque ya sabía el resultado.

Treinta y ocho pesos menos para la medicina de esa noche.

El carrito soltaba vapor por una rendija, como si respirara cansado junto con ella. Dentro, los tamales se mantenían calientes envueltos en hojas húmedas. Había de mole, de rajas, de dulce, y algunos de salsa verde que preparó de madrugada con menos pollo del que hubiera querido. Desde las cuatro había estado despierta, moliendo, calentando, amarrando, limpiando las ruedas del carrito para que no dejaran marcas en el piso brillante de la entrada.

El centro comercial todavía tenía las puertas cerradas, pero los empleados de limpieza ya iban y venían con cubetas. Los guardias de la noche bostezaban bajo las cámaras. Más allá de la banqueta, los puestos pequeños empezaban a levantarse: una mesa de dulces, una parrilla de quesadillas, el puesto de jugos de Patricia Ortega cubierto con una lona azul.

Silvia guardó las monedas en su caja de plástico transparente. La tapa no cerraba bien desde hacía meses, así que la sujetaba con una liga. En el fondo, doblado dentro de una bolsa, estaba el permiso municipal. Lo tocó con dos dedos antes de cerrar la caja, como si el papel pudiera tocarla de vuelta y decirle que ese día también iba a pasar sin problemas.

El celular vibró en la bolsa de su delantal.

Era un mensaje de la vecina que cuidaba a su hijo antes de llevarlo a la consulta.

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