El padre taxista al que le rompieron la entrada de su hijo frente a todo el estadio

Chapter 1: Los boletos guardados bajo el taxímetro

—Papá… ¿en la puerta VIP también dejan entrar a niños con camisetas viejas?

Carlos Herrera no respondió de inmediato. Tenía las dos manos sobre el volante, los nudillos marcados por diez horas de manejar el taxi, y la pregunta de Mateo le había entrado por el pecho como una moneda fría.

El niño iba sentado atrás, muy derecho, con la camiseta deslavada del equipo metida dentro del pantalón como si fuera uniforme de gala. El escudo estaba cuarteado de tantas lavadas. En el hombro izquierdo tenía una costura visible que Carlos había reparado la noche anterior con hilo blanco, aunque la tela era azul oscuro.

—Claro que sí —dijo Carlos, mirando por el retrovisor—. Si uno tiene entrada, entra.

Mateo bajó la vista hacia sus tenis.

—Es que dice VIP.

Carlos tragó saliva. Había evitado esa palabra desde que imprimió los boletos en el cibercafé de la avenida. No había comprado lujo. Había comprado lo que quedaba. Dos entradas de reventa oficial, o eso decía la página, para una zona lateral con acceso por la puerta VIP porque el resto de entradas baratas se había agotado. No había palco, ni comida incluida, ni foto con jugadores. Solo dos asientos desde donde Mateo podría ver la cancha sin imaginarla por la radio.

—VIP no significa que uno tenga que ser rico —dijo Carlos—. Significa que hay una puerta diferente, nada más.

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